Si nunca sanas lo que te hirió, sangrarás sobre personas que nunca te cortaron.

¿Es tu verdadera personalidad o es solo un mecanismo de defensa? Una reflexión sobre cómo los traumas no sanados dictan nuestra vida y por qué es urgente curar las heridas invisibles.

Todos, sin excepción, hemos vivido situaciones traumáticas y, por supuesto, estas han marcado nuestra vida. Para cada uno, lo que vivió tiene un gran peso que ha marcado nuestra vida. A raíz de eso, empezamos a ser distintos, aunque sea ligeramente.

Nuestro cerebro empezó a crear mecanismos de defensa para protegernos del dolor, que empezaron a moldearse como personalidad, y nos empezamos a identificar con ella. Al comienzo, nos funcionaba, y nos funcionaba bien.

Pero, con el pasar del tiempo, empezamos a sentir, ver y notar que ya no nos sentimos tan cómodos con esta personalidad y sus rasgos. Empiezas a caer en cuenta de que algo no encaja.

Puedes quedarte en el papel de víctima y sentir de verdad que son “todos” en contra. Revientas fácilmente, no puedes pasar la página y el resentimiento es lo que más se siente.

Te olvidaste de decir lo que sientes o lo que quieres por miedo al qué dirán, a la crítica, al conflicto, a la desvalidación o a la burla. Complaces mucho para quedar bien, cuidas de decir lo que el otro quiere oír, o, a veces, mejor te callas para evitar.

O tal vez has levantado una armadura de perfeccionismo y fortaleza, y abarcas no solo lo tuyo, sino también lo de los demás. O esa fachada de que nada me afecta, todo me resbala. O el típico “yo soy así y al que no le guste, que se vaya”, así salgan perjudicados otros y nosotros mismos.

O soportas faltas de respeto continuas. O sientes que algo está incompleto por dentro, pero no sabes bien qué. Sobreproteges demasiado o, en el extremo, sueltas totalmente. Piensas que lo puedes resolver todo mejor que los demás.

No escuchas feedback porque te ofende, o siempre quieres ser el centro de la conversación y que todos giren alrededor de ti, y cuando alguien empieza a hablar de su vida pierdes el interés y te aburres.

O el famoso TDAH o ADD, déficit de atención. ¡Sí! Es un mecanismo de defensa. No lo digo yo, lo dice el Dr. Gabor Maté (uno de mis profesores, les recomiendo que oigan sus charlas). Tu cerebro se desconecta en una situación incómoda o hiriente y te disocias. No sabes poner límites.

Esas y muchas más son respuestas a que no hemos sanado, y sentimos que no estamos siendo nosotros de verdad. Sí, en el fondo todos sabemos, pero no queremos ver porque es un lugar desconocido e incómodo, y lo desconocido nos da miedo, y lo incómodo no nos gusta.

Así que la herida sigue sangrando. Ya no solo nos afecta a nosotros, ahora ya tiene un impacto en los que nos rodean, moldea nuestra realidad y vivimos en modo alerta la mayoría del tiempo, sí o sí.

Y, sobre todo, no estamos siendo auténticos, no estamos fluyendo. Estamos reaccionando a lo que nos gatilla, a lo que no queremos ver, y eso hace daño, empezando por nosotros y ampliándose como una onda expansiva a los que nos rodean.

Tal vez no seamos conscientes del daño propio o ajeno, pero el tiempo y el cuerpo nos lo hacen saber, tarde o temprano. No dejes que sea tarde. Primero por ti, porque vivir en estado de alerta es agotador. Y, segundo, por los vínculos cercanos, que son los únicos que nos llenan de vida.

Si estás haciendo algo en la cocina y, accidentalmente, te cortas con un cuchillo filoso, no te vas a poner limón y sal en la herida; la vas a desinfectar y proteger hasta que sane.

¿Por qué no actuamos igual con nuestras heridas internas? ¿Porque no se ven? ¡Sí se ven! De las maneras que te acabo de describir, y por supuesto que se sienten.

No trabajar en ellas es como ponerse limón y sal en la herida de la mano. Puede parecer que mejora por un momento, pero en unos días estará infectada y será peor.

Créeme, es peor pasar por las consecuencias de no hacer algo para sanar la herida que pasar por la incomodidad de curarla.

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